En lo que sea pero el mejor

Desde que entré en la universidad he dividido los estudiantes de Derecho en tres grandes grupos y creo que esta clasificación sigue teniendo vigencia en la actualidad. En primer lugar están aquellos estudiantes que eligen esta carrera tras tenerlo claro desde algún tiempo atrás. Son la minoría y muchos de ellos son personas adultas que cursan su segunda carrera, que quieren acreditar con un título el conocimiento que ya tienen por su experiencia profesional o que aprovechan ciertas circunstancias que en su juventud no tuvieron para poder estudiar. En segundo lugar estan los hijos, nietos y sobrinos de abogados que quieren continuar con la tradición jurídica de la familia, muchas veces más por deseo de los familiares que de los propios estudiantes. Y por último están los que llegaron de rebote debido a cualquier casualidad que se te pueda ocurrir. Lo se bien porque yo soy uno de ellos. Soy uno de los que entraron a Derecho teniéndola como segunda, tercera o cuarta opción. En más de una ocasión incluso me arrepentí de hacerlo. Y sin embargo hoy estoy enomermente orgulloso de aquella elección. 

Cuento esto porque a menudo se lo expongo a mis alumnos como una lección. En los últimos años me he cansado de escuchar que debemos hacer solo lo que nos gusta, perseguir nuestros sueños, ir a contracorriente y otros tantos mensajes que a veces se alejan demasiado de una realidad que no tarda en ponernos los pies en el suelo. No estoy en desacuerdo con esas ideas, pero sí las matizaría: haz lo que te gusta y si no haz que te guste lo que haces. Al final lo único que vale es ser el mejor en aquello que por casualidad o decisión te encuentres haciendo. Y eso es lo que me he dispuesto a hacer después de estar a punto de apartarme del Derecho por tres veces. Los detalles, a continuación.

Entrar en Derecho, una casualidad

A decir verdad, nunca pensé en estudiar Derecho. Mi opción siempre fue cursar Ciencias Políticas pero cierto orientador me aconsejó cambiar de opción debido a las pocas salidas profesional que esa licenciatura me ofrecía. A partir de ahí mis preferencias fueron mutando, primero a la doble licenciatura en Ciencias Políticas y Derecho y por último a la licenciatura en Derecho, que a fin de cuentas la podía cursar en la misma ciudad en la que residía. Cuando quise darme cuenta ya estaba sentado en una mesa escuchando hablar del positivismo jurídico, los elementos de un Estado y el Poder Judicial, así que ya no había marcha atrás.

Saltan las dudas en la mitad de la carrera

Fui un estudiante normal, del montón, pese a ser consciente de que podía dar mucho más de mí. En tercero de la licenciatura la situación se empezó a torcer y el curso acabó algo peor de lo que me hubiera gustado. Además por entonces empecé a cursar Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), compatibilizando ambas licenciaturas. Falta de interés, prioridad de otras cuestiones o profesores a la antigua pudieron ser algunos de los motivos que me llevaron a pensar si merecía la pena continuar. Por segunda vez la relación entre el Derecho y yo estaba cuestionada.

Situaciones personales, cambios profesionales 

Con ganas y esfuerzo logré enmendar el tiempo perdido para acabar mi licenciatura en Derecho en los cinco años que recogía el plan de estudios. Acabé convencido de lo que había hecho y decidido a emprender mi camino profesional en el conocimiento jurídico. Para ello cursé además estudios de posgrado que me permitieran profundizar en la práctica legal. Todo ello, dicho sea de paso, con el incondicional apoyo económico y emocional de mis padres. Todo marchaba relativamente bien hasta que circunstancias personales me hacen cambiar de país y los fantasmas vuelven a aparecer. “¿De qué te servirá tu carrera allí?” fue la pregunta que más escuché hasta el punto de arrepentirme como nunca de haberla estudiado. Fueron momentos complicados en los que no faltaron las lágrimas pues la dedicación de cinco largos años podía quedar en nada. Mi primera opción siempre fue Ciencias Políticas y tal vez con ella no hubiera tenido tantos problemas. 

Hice el largo viaje sabiendo que tal vez me tocara volver a comenzar totalmente de cero. Las primeras semanas fueron duras, sin ninguna ocupación ni ocasión de ella. Sabía que mis pocas opciones de que mi curriculum fuera interesante pasaban por alguna institución educativa. No en vano el Derecho está adquiriendo una gran relevancia internacional y comparada y mis conocimientos en ese sentido podrían ser de valor. El día que menos lo esperaba el teléfono sonó y la oportunidad surgió. 

En lo que sea pero el mejor

Desde entonces y con cierto humor siempre digo que yo no elegí estudiar Derecho, más bien el Derecho me elegió a mí para que lo estudiara. Y en parte así fue. Por tres veces quise apartarme de él pese a ser una materia de mi agrado. Y fue cuando advertí que si no lo hacía era por algo cuando me propuse dar un paso adelante. Si el destino quería ligarme al Derecho lo menos que yo podía hacer era convertirme en el mejor en ello. Y esa es mi meta ahora. ¿Cómo? Con esfuerzo, dedicación, estudio y perseverancia, no hay otro camino. Al narrar esta experiencia personal pretendo que tanto mis alumnos como otros estudiantes que me lean ahora, especialmente aquellos que también cursan una carrera de casualidad, valoren la oportunidad que tienen ante ellos y la aprovechen. El conocimiento adquirido y las ganas de trabajar se ocuparán del resto.

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